Una bebida con historia
"El Espinillar" fue una bebida alcohólica uruguaya, una variante local del ron, elaborada a partir de mieles de caña de azúcar y añejada en barriles de roble por varios años, lo que le daba carácter distintivo en aroma y sabor.
Nació en 1958, fruto de la maquinaria industrial de la Compañía ANCAP de Bebidas y Alcoholes S.A. (CABA S.A.), una subsidiaria de la estatal Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland (ANCAP), creada con el objetivo de desarrollar y regular la producción de alcoholes y bebidas destiladas en Uruguay.
Desde sus primeras ediciones, la bebida compitió con destilados importados —especialmente whisky— y fue un símbolo de identidad local en bares y hogares uruguayos durante décadas, consumida sola, con refrescos o en tragos (shots).
CABA S.A.: una subsidiaria estatal con diversidad de productos
La historia de El Espinillar no puede separarse de la historia de CABA S.A., la empresa que lo producía. Esta compañía tenía su origen en la División de Alcoholes de ANCAP, fundada en 1931 cuando aún no existían controles ni normativas claras en nuestro país sobre las bebidas alcohólicas ni tampoco los alcoholes en general.
A lo largo de los años, CABA se convirtió en un actor industrial importante, no solo por El Espinillar, sino por una amplia gama de productos: desde whisky y cognac hasta perfumes (como Alma Mía) y artículos de ferretería.
En determinados momentos de crecimiento —por ejemplo entre los años 60 y 70— la producción de destilados como whisky llegó a cifras relevantes y la empresa daba empleo a centenares de trabajadores.
Sin embargo, desde mediados de la década de 1990, la situación comenzó a cambiar: la apertura de los mercados, el aumento de la competencia de importados y cambios en los hábitos de consumo (la industria nacional pasó a un segundo plano, aparecieron las bebidas energizantes, se instaló entre los jóvenes el consumo de cerveza) mostraron tensiones profundas en la rentabilidad del negocio.
Crisis económica interna y el comienzo del fin
Pese a su relevancia cultural, CABA comenzó a enfrentar resultados financieros negativos de manera sostenida, especialmente tras la década de 2010, acumulando pérdidas importantes en los balances y erosionando su viabilidad económica.
En 2016, el directorio de ANCAP decidió iniciar un proceso para vender la totalidad de las acciones de CABA S.A., con la idea de encontrar inversionistas privados interesados en continuar y revitalizar la producción.
Esta licitación duró más de un año, pero terminó sin ofertas serias ni propuestas concretas, a pesar del valor simbólico y patrimonial de algunas de sus marcas, incluido el legendario Espinillar.
El cierre definitivo: el fin de un ciclo en 2018
El 23 de julio de 2018, ANCAP anunció oficialmente el cierre definitivo de CABA S.A., marcando el fin de 87 años de presencia estatal en el mercado de bebidas alcohólicas y la producción de uno de los destilados más icónicos del país.
La decisión obedeció a varios factores convergentes:
- Pérdidas recurrentes: los resultados acumulados mostraban que el negocio no era viable en términos de mercado libre, con balances negativos en años consecutivos.
- Fracaso de la privatización: la licitación pública para vender CABA no atrajo inversores interesados o confiables.
- Cambio de estrategia corporativa: ANCAP optó por concentrarse en sus actividades industriales “nucleares”, como combustibles y alcoholes de uso industrial, desligándose de productos de consumo masivo no rentables.
Como consecuencia, productos como El Espinillar desaparecieron del proceso productivo regular. A partir de ese momento, cualquier botella existente en comercios (y que se hallan hasta la actualidad) es remanente de stock, dado que no hay una producción formal en curso.
Un análisis político‑económico: ¿qué implicó la desaparición de Espinillar?
1. Estado, identidad y mercado
La historia de El Espinillar es también una historia sobre el rol del Estado en la economía uruguaya. Su creación y mantenimiento reflejan un momento histórico en que la industria estatal tenía un papel central en sectores que hoy se consideran marginales o no estratégicos.
Sin embargo, la decisión de mantener una planta de bebidas alcohólicas dentro de una petrolera estatal puede parecer, desde el punto de vista contemporáneo, una rareza económica: un negocio que requiere inversiones, marketing y gestión comercial como cualquier otro, pero cuya sostenibilidad dependía en parte de subsidios o expectativas de rentabilidad que nunca se consolidaron.
2. La globalización y la competencia
A partir de los años 90 y 2000, la llegada de marcas importadas —sobre todo destilados premium— transformó el mercado local de bebidas alcohólicas, elevando la competencia y cambiando las preferencias de los consumidores. Un producto como El Espinillar, asociado a un estilo más tradicional y local, perdió terreno frente a tendencias globales de consumo.
Este fenómeno no es exclusivo de Uruguay: muchos países vieron cómo industrias nacionales tradicionales tuvieron que competir con marcas extranjeras con mayores inversiones en marketing y redes de distribución.
3. Decisiones de política económica y prioridades
La intención original de vender CABA, antes de optar por su cierre, muestra una discusión interna sobre qué se prioriza dentro de la gestión pública:
¿Debe el Estado sostener un negocio cultural que no es rentable?
¿Debe privatizarlo y confiar en que este sector sacará a flote a marcas históricas?
¿O debe concentrar recursos en sectores más estratégicos y lucrativos?
El fracaso de la licitación y la posterior resolución de cerrar la planta reflejan que, en ese momento histórico, la prioridad política fue la racionalización económica por sobre el mantenimiento de industrias con valor identitario, pero con poca sustentabilidad financiera.
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| Complejo agroindustrial donde estaba la fábrica de "El Espinillar" |
Epílogo: memoria, nostalgia y recuerdos en la cultura popular
Hoy, El Espinillar sigue presente en los recuerdos comunes de muchos uruguayos. En redes y en charlas espontáneas, la bebida aparece como símbolo de un tiempo pasado: cuando la producción estatal se extendía a rincones que ahora parecen imposibles.
Algunos conservan botellas antiguas como piezas de colección; otros lo rememoran como parte anecdótica de su juventud. Pero sin duda, la desaparición de una marca icónica de nuestra historia, plantea preguntas sobre cómo definimos el patrimonio nacional, qué tanto somos capaces de revertir crisis instaladas con profundidad en nuestra industria y qué estamos dispuestos a conservar más allá del balance económico. Con esto último, nos referimos a proteger o mantener algo que, aunque no sea rentable, tiene un valor cultural y emblemático que no se mide en dinero.



