Hay lugares que no desaparecen, pero tampoco terminan de estar. El Hotel y Parador Punta Gorda, ubicado en Nueva Palmira (Colonia), es uno de ellos. Su historia reciente no puede contarse como un simple cierre ni como una continuidad estable: lo que define su presente es la incertidumbre. Una incertidumbre alimentada por decisiones administrativas, titulares imprecisos, proyectos inconclusos y una información pública fragmentada.
En los últimos meses, el nombre del Parador volvió a circular en medios locales y nacionales con titulares contradictorios. Algunos anunciaron su “cierre”, otros hablaron del retiro del PIT-CNT de la gestión, mientras que plataformas digitales de reservas siguieron mostrando disponibilidad, como si el establecimiento continuara funcionando con normalidad. Para quien intenta reconstruir qué ocurrió realmente —y qué está ocurriendo hoy— el panorama se vuelve confuso.
Un edificio que nunca dejó de existir
El primer punto que conviene aclarar es básico pero fundamental: el Hotel y Parador Punta Gorda no desapareció físicamente. El edificio sigue en pie, pertenece al Estado uruguayo y continúa siendo parte del patrimonio turístico público. No fue vendido, demolido ni abandonado en sentido material.
Desde 2018, el Hotel y Parador Punta Gorda fue administrado por el PIT-CNT a través de una concesión otorgada por el Ministerio de Turismo. La propuesta se inscribía en una lógica de turismo social: tarifas accesibles, prioridad para trabajadores y recuperación de un espacio público que llevaba años con funcionamiento intermitente.
Durante varios años, el parador y el hotel funcionaron bajo esta modalidad. No sin dificultades, pero con una operativa real: alojamiento, servicios gastronómicos y personal contratado. El problema no fue tanto la legalidad de la concesión —que era clara— como su sustentabilidad económica en el tiempo.
El PIT-CNT no gestionaba únicamente Punta Gorda. También administraba otros espacios turísticos, entre ellos el camping La Aguada, en Rocha. Este dato es clave y suele omitirse en los relatos simplificados. La ecuación económica del conjunto se sostenía gracias a una lógica de sistema: los ingresos más altos de algunos emprendimientos permitían compensar los déficits estructurales de otros.
Cuando la central sindical perdió la gestión del camping La Aguada, esa ecuación se rompió.
No fue solo un problema puntual de "gestión"
A partir de ese momento, el Hotel y Parador Punta Gorda quedó expuesto en soledad a sus propias limitaciones: estacionalidad marcada, costos fijos elevados, publicidad escasa del establecimiento y una demanda turística que no siempre acompaña fuera de los meses de verano. Sin el respaldo de otros activos, la administración dejó de ser viable.
Por eso, reducir el episodio a una supuesta mala gestión del PIT-CNT es inexacto. Lo que ocurrió, fue la pérdida de escala y de respaldo financiero. El propio PIT-CNT reconoció que, en esas condiciones, no podía sostener la operación y decidió devolver la concesión al Estado antes de que venciera el plazo originalmente previsto.
Ese acto —la devolución de la concesión— es el punto exacto donde muchos medios comenzaron a hablar de “cierre”. Pero, nuevamente, no se cerró el lugar: se cerró una etapa de gestión.
¿Hotel abierto, parador cerrado?
Otra fuente de confusión tiene que ver con la denominación “hotel” y “parador”. En la práctica, Punta Gorda funcionaba como un complejo integrado: alojamiento y servicios complementarios bajo una misma administración. No existía una operación independiente del parador por un lado y del hotel por otro.
Por lo tanto, cuando finalizó la gestión del PIT-CNT, dejó de operar el conjunto. No hay evidencia de que el hotel haya seguido funcionando mientras el parador cerraba, ni viceversa. Ambos quedaron sin prestación turística regular al mismo tiempo.
La licitación anunciada y el silencio posterior
Tras la salida del PIT-CNT, el Ministerio de Turismo anunció que proyectaba realizar un llamado a licitación pública para concesionar nuevamente el Hotel y Parador Punta Gorda. Según declaraciones oficiales, el llamado se planificaba para noviembre del 2025.
Sin embargo, más allá de ese anuncio, la información pública posterior es escasa. No se difundieron ampliamente los pliegos, no hubo anuncios de adjudicación y no se comunicó oficialmente la entrada de un nuevo concesionario. Esto alimentó aún más la sensación de indefinición.
En ese vacío informativo, proliferaron interpretaciones, titulares categóricos y lecturas apresuradas.
Las plataformas digitales y la ilusión de normalidad
A este escenario se sumó un elemento desconcertante: la persistencia del Hotel y Parador Punta Gorda en plataformas de reservas online. Al buscar el establecimiento en Google u otros servicios similares, aparecen opciones para seleccionar fechas, precios y cantidad de personas, como si aún estuviera recibiendo huéspedes.
Este fenómeno no es excepcional. Las plataformas turísticas suelen mantener fichas activas incluso cuando un establecimiento deja de operar temporalmente o cambia de gestión. Muchas veces, los datos no se actualizan automáticamente o responden a configuraciones heredadas de administraciones anteriores.
Para el usuario común, sin embargo, el mensaje es claro —y engañoso—: si se puede reservar, entonces está abierto. La falta de una señal oficial clara contribuye a reforzar esa percepción errónea.
Un presente suspendido
Hoy, el Hotel y Parador Punta Gorda se encuentra en una suerte de limbo administrativo. No está clausurado, pero tampoco opera como emprendimiento turístico activo. No hay confirmación pública de una nueva concesión, pero tampoco una comunicación oficial que explique con claridad, su presente.
Este estado de suspensión no es nuevo en la historia del parador, pero sí se vuelve más visible en una época donde la información circula de forma fragmentada y muchas veces contradictoria.
Más que un caso aislado
Lo que ocurre con Punta Gorda no es solo la historia de un hotel-parador. Es un ejemplo de cómo los bienes públicos pueden quedar atrapados entre buenas intenciones, limitaciones económicas y relatos mediáticos imprecisos. También muestra cómo la falta de comunicación clara por parte de los organismos responsables, deja espacio a la confusión y a interpretaciones erradas.
En lugar de un cierre definitivo o una reapertura concreta, lo que domina es la incertidumbre. Una incertidumbre que debe resolverse con decisiones claras y una comunicación transparente.
Mientras tanto, el edificio sigue ahí, mirando al río, esperando que alguien defina qué papel jugará en el futuro turístico de la zona. Y quizás esa espera, prolongada y ambigua, sea hoy la forma más precisa de describir el estado real del Hotel y Parador Punta Gorda.


